Mostrando entradas con la etiqueta crónicas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crónicas. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de julio de 2009

¡La magia de la 5ta edición llega al podcast!





Para nadie es un secreto que ¡estamos de celebración! Nuestra 5ta edición está en la calle y no queremos que ningún ojito deje de verla. Por eso, nuestro podcast de la semana, dirigido por Valentina Carmona y Jesús Torrivilla, estará lleno de detalles y anécdotas acerca de los artículos de la última edición de Revista Ojo.

Estos chicos también -en nuestra sección de Minutos Locos- nos hablarán de cosas extrañas y simpáticas ocurridas en aviones. Además, la agenda cultural de la semana nos invita a salir y a disfrutar de los mejores eventos, toques y fiestas de nuestra ciudad.

Para leer la crónica recomendada por Jesús, sólo haz click:

http://etiquetanegra.com.pe/?p=281739



Recuerda que si quieres tener en tus manitos la 5ta edición de la Revista Ojo, comunícate con nosotros al 7510137 o envíanos un email a ojoproduccion@gmail.com.

lunes, 6 de julio de 2009

Todo listo para comenzar tu medio!


La convocatoria para el taller Por mis propios medios superó todas nuestras expectativas! Luego de una árdua deliberación, han sido escogidos 12 talleristas que trabajarán cada uno un texto, acompañados de Leo Felipe Campos, facilitador del curso.

Los seleccionados serán contactados vía telefónica en el transcurso de esta semana. Para ellos, nuestras felicitaciones. :D


Recuerden que el curso se realizará:

Del 13 al 30 de julio. De lunes a jueves. De 9 am a 1 pm.
En el Instituto Cultural Brasil Venezuela. Av.San Felipe entre 1era y 2da transversal. Quinta Degania. La Castellana Alta. Caracas.


Publicado por: Daltónica

martes, 2 de junio de 2009

Ojitos a la espera de Cristian Valencia*


El escritor y periodista colombiano, Cristian Valencia, dictará el próximo 5 de junio el Seminario para Periodistas, organizado por la Corporación Bigott.

¿Quién es Cristian Valencia?
Ha obtenido numerosas distinciones, entre ellas la primera mención en el Concurso de Libro de Cuentos del IDCT (Instituto Distrital de Cultura y Turismo), en 1992; la Beca de Novela del Ministerio de Cultura, en 1997; y la primera mención en el concurso Cronistas del siglo XXI, convocado por la revista Gatopardo para toda Iberoamérica, en el 2000.

Durante tres años hizo la columna de libros para la revista Cromos. Sus crónicas han aparecido en el periódico El Tiempo, y en las revistas Gatopardo, Soho, Cromos, Semana, Credencial y otros medios independientes. Sus novelas El rastro de Irene y Bitácora del Dragón fueron publicadas con el sello editorial Planeta. Este año apareció su libro de crónicas Hay días en que amanezco muerto, con el sello Random House-Mondadori.

Actualmente C. Valencia se desempeña como columnista de El Tiempo y como cronista freelance para distintos medios impresos.


*Publicado por: Mariana Díaz - Reti-Nita

sábado, 1 de marzo de 2008

¿Movilizarse en Caracas?

Hay que DETENER el tráfico para pensar en algo


Sonará el despertador a las 5:30 de la mañana y será la hora para que los caraqueños salgan a trabajar. Más tarde, lidiaran para soportar una agobiante jornada que hace las horas interminables para volver a casa. De cualquier manera, ya sea para cumplir sus tareas o para volver al “dulce hogar”, deben atravesar un conflictivo espacio, un hábitat en donde confluyen miles de semejantes con destinos similares, un lugar cotidiano pero que cada día sorprende con inimaginables acontecimientos. Son un sin fin de interacciones que afectan indudablemente la conducta, las emociones y el modus vivendi del individuo. John Huston en su película de los años 50 denominó a ese sitio “la jungla de asfalto”, otros la conocen como “calle”.

Al hacer referencia a esta zona de confluencia, surge una pregunta contundente y enfocada en el entorno cercano ¿Qué diferencias puede tener “la calle” de Caracas, con respecto a las demás, que la hace particular y difícil de soportar para sus habitantes?




Diferentes maneras encuentra un caraqueño para desenvolverse por su jungla de asfalto, hay quienes prefieren utilizar la lata con cuatro ruedas, algunas más modernas, otras sin aire acondicionado, pero todas destinadas a sufrir ante el enemigo número uno de los apresurados: el tráfico. Miles de vehículos se juntan para formar largas filas en las redes viales de la ciudad, y es allí, entre emisoras radiales y músicas variadas, donde el individuo se enfrenta a numerosos conflictos: motorizados por ambos lados que con suerte no les despojan de sus retrovisores, algunos “tratando de colearse”, otros “comiéndose la flecha”, alguno que choca, otro al que chocan, varios que gritan, muchos que se exaltan, a casi todos se les lee entre los labios “ya es muy tarde, qué mierda”. Sin mencionar otros caraqueños que optan por acercarse a las calles de diferente manera.



El metro de Caracas es otra opción para los habitantes de la ciudad. Desprovistos de cualquier tipo de protección de latón, los actores sociales deben enfrentarse directamente con sus semejantes que intentan, a cómo de lugar, tener un puesto en el próximo vagón; pero primero, deben hacer la cola para comprar el ticket, si no lo tienen. Luego, atravesar el cinturón giratorio que les permitirá entrar al mundo subterráneo de la ciudad. Lo más incómodo es tener que lidiar con roces y empujones; y al metro también se le daña - con frecuencia - el aire acondicionado. Sin contar las travesuras de aquellos sujetos dedicados a quitarles la cartera a los desprevenidos. Salir a la superficie, tampoco es buena idea. Al peatón lo rodea una acumulación excesiva de basura en las aceras, incontables puestos improvisados de venta, olores indeseables, aguas negras, indigentes en cada esquina y pare usted de contar.



También, se encuentran los caraqueños que prefieren utilizar el medio de transporte urbano por excelencia: metrobus/camioneticas. Pero la diferencia de cualquier sistema de autobuses del mundo y el de Caracas, es la desorganización de este último. Los buses y sus conductores son controlados por organizaciones particulares. A pesar de que el estado posee una línea propia, como normalmente ocurre en cualquier ciudad, no se da abasto para cubrir las diferentes rutas de transporte, las cuales terminan abarrotadas por los transportistas particulares. Allí, primero se debe alzar el brazo apuntando hacia el otro lado de la calle, esta seña será captada por el conductor de la “camionetica” que frenará de golpe para recoger a su próximo pasajero, si este cuenta con un poco de suerte encontrará un puesto vació para sentarse; de lo contrario, retará a la gravedad para no terminar en el suelo con cada repentina frenada. Una vez dentro del autobús, debe estar prevenido para gritar al chofer: “la parada”, con esta frase determinara el lugar en el que desea bajarse, empujará a quien se interponga en su camino y finalmente pagará los 90 céntimos de Bolívar fuerte por el servicio de transporte recibido.




Así pues, con cualquiera de las opciones escogidas el caraqueño llegará a su destino o simplementese devolverá. Al parecer, ninguna de las formas de transporte es la más acorde para que cualquiera llegue con los ánimos bien en altos. Sin embargo, tampoco se oyen quejas contundentes y el venezolano continúa viviendo en la precaria movilización de su ciudad, luchando cada mañana para sobrevivir.

Texto por Alejandro Sanjinés. Editado por: Ojo.

jueves, 28 de febrero de 2008

(A veces) Pienso que sería mejor que el ascensor se dañara y no quedara otra que usar escaleras


Estoy esperando, con ansias, que llegue el ascensor del CCCT para subir a la radio. De hecho, voy retrazado diez minutos y me estoy muriendo de hambre. Hay mucha gente acompañándome en la espera. Resalta una madre y su hija que tienen una discusión sobre si se dice “hubiera” o “hubiese”, un motorizado con casco en mano hablando por celular y dos secretarias chismosas. El ascensor llega y como es de costumbre, está repleto. Tengo que seguir esperando. “Hablé con la tía. Sí, tú sabes que ella es muy buena en eso. Le pregunté si era hubiera y dijo que sí” contaba la hija, a la que le calculé unos 22 años. La madre escuchaba con atención y confiaba en la sabiduría de dicha tía. “Entonces, fui donde la profesora y le dije que era ella la que estaba equivocada”. Por su parte, el motorizado pegaba gritos por el celular tratando de explicar que tenía que verse con no sé quien en Altamira. Todo esto sin poder despegarme de la conversación que mantenían las secretarias sobre una amiga de ellas, quien es sumamente hipócrita porque le hizo una maldad - que nunca entendí bien cuál fue - a Clarita.

El ascensor volvió a llegar, no tan repleto como antes, pero sí con cierta cantidad de gente en su interior. Entre los que logramos montarnos estaban: las dos secretarias - quienes seguían cotorreando - la madre y la hija, el motorizado que ya había dejado de hablar por celular y yo. En el momento en que las puertas se están cerrando, llega corriendo un tipo, disfrazado de ejecutivo, con una bolsa de Pollo Arturos. No sé como hicimos, pero entramos todos. Al cerrarse las puertas, comienza un concierto desafinado de gritos “el 4, por favor” dijo el motorizado, “ay mija, márcame el 9” le dijo una de las secretarias a la hija de los problemas de redacción.

Nadie se puede mover, el calor nos impregna a todos. Hago esfuerzos para no tener contacto con la nuca del que tengo adelante. El motorizado saca un ipod y comienza a escuchar música, que por lo que logré oír tenía rasgos de vallenato. Llegamos al primer piso y se escucha un lejano “permiso”, desde atrás. Todo el mundo intenta moverse sin saber a dónde, para lograr darle paso a una señora bajita que estaba en el fondo del ascensor. Unos salen para dar paso, otros se pegan a las paredes y finalmente, la bajita sale victoriosa como quien celebra dejar atrás ese horno humano.

Sigue el recorrido. A todas estas, yo tengo que llegar al piso 9. Comienzo a sentir el olor a pollo que viene de la bolsa del ejecutivo. Con el hambre que tenía, me imaginé arrancándosela de la mano mientras salía corriendo en la próxima parada. En eso caigo en cuenta de que las secretarias siguen hablando de Clarita y de la supuesta amiga hipócrita, la cual ahora tiene nombre: Yajaira. Ahora conversan en máximo volumen. Intentan dejar claro a los usuarios, de aquel infernal ascensor, que jamás deberíamos establecer relación con personas de nombre Yajaira.

Llega el piso 5 y se me hace cada vez más infinito el recorrido. Se baja un señor que se despide de las secretarias diciéndoles que no se dejen, que ellas son mayoría y que pueden contra la terrible Yajaira. Yo intento aguantar la risa, mientras el par de chismosas se despiden del señor con aire de gloria.

Se abren las puertas en el piso 7 y el par de mujeres ya eran amigas de todos los usuarios del ascensor. Tanto así, que la madre interrumpió a la hija - quien continuaba hablando sobre su profesora y el fulano “hubiera” - para decirles, que ella una vez había tenido una amiga así (igualita a Yajaira) y que un día, se habían puesto de acuerdo entre varias para rayarle el carro.

El ascensor se detiene en el 8 y se baja el motorizado, quien estaba tan concentrado en su música que nunca se enteró de la existencia de la mala amiga Yajaira. Se cierran las puertas, mis esperanzas, por salir a la vida, vuelven. Por fin, saldría de aquella prisión. Se abren las puertas, desembarco junto a las dos secretarias. Ellas van hacia la izquierda, yo hacia la derecha. Llego a la radio con veinte minutos de retraso, mientras escucho, vagamente, las historias de la amiga hipócrita. ¡Qué difícil es llegar a tiempo y sin contratiempos! A veces, pienso que sería mejor que el ascensor se dañara y no me quedara otra que usar escaleras.

Texto por: Roberto Franchi (Universidad Monteávila). Editado por: Ojo.



martes, 26 de febrero de 2008

Este domingo no es pa’ flojos


Entro al Parque del Este escuchando una música techno a todo volumen, junto a la voz de una mujer que, mediante un micrófono, enérgicamente dice: “¡Un, dos, tres, up! ¡Un, dos, tres, down! ¡Vamos! ¡Arriba!”. El sonido viene del lado de la Concha Acústica, así que puedo suponer con bastante certeza la primera imagen que observaré. Bajo las escaleras y ya puedo contemplar plenamente la actividad que allí se realiza. Es una sesión multitudinaria de aerobics -en la que participan unas 100 personas- liderada por una mujer de cuerpo atlético que, desde la tarima, instruye a los presentes. Pantalones de lycra, camisetas y gorras de varios colores destacan entre los “atletas”. Sin embargo, sólo una minoría sigue con obediencia las instrucciones: para los demás es sólo una echadera de vaina. Un malandrito imita con gestos exageradamente amanerados los ejercicios, deleitando a sus panitas que lo acompañan. A continuación, se desarrolla la “sesión de relajación y estiramiento” musicalizada ahora por Nothing else matters de Metallica. Avanzo.

Me encuentro ahora en una zona que contiene al menos 12 bancos de concreto. Sobre uno de esos bancos, una morenaza estira sus extremidades con gran flexibilidad. Por instantes, desafía con su cuerpo la ley de la gravedad, con unas posiciones que inspirarían con gran utilidad a cualquier ilustrador del Kamasutra. Todos los que por allí pasan, atisban disimuladamente y con una extraña fascinación a “la negra contorsionista”. En otro de los bancos, está sentada una joven delgada que viste una camiseta negra y un mono azul oscuro. Juega con su hija, que escasamente tendrá un par de años, pasándole una pelota amarilla con una happy face pintada en negro. El buen ánimo de la niña contrasta con el de su madre, que parece tener tatuado ese bostezo que dibujan las mañanas de los domingos. Sigo.

Mientras camino hacia el cafetín más cercano, miro hacia los jardines que me rodean y me inquieta el dinamismo del ambiente. Unos juegan con pelotas de fútbol, otros trotan, y algunos practican colectivamente disciplinas como capoeira, gimnasia o karate. Aquí la religión es el deporte y el Parque del Este abre sus puertas a todos los creyentes. Al llegar al cafetín, veo personas que todavía desayunan siendo casi las once de las mañana. Un joven delgado con camiseta blanca y short azul, visiblemente agotado, se refresca con un jugo de naranja premiándose luego de su intensa jornada. A su lado, otro individuo con más edad, más peso y aparentemente más dinero, se toma un Gatorade de mandarina, escuchando su i-pod y con lentes Oakley. Vuelvo a mirar a la gente que trota sobre la “serpiente de cemento” del parque, y que parece invitarme a que me incorpore a su manada. No ofrezco resistencia y decido acompañarles.

Delante de mí caminan un moreno delgado que –calculo- tendrá unos 23 años, y a su izquierda otra morena aún más delgada, que sostiene con una mano a su hija, que no debe sobrepasar su primer lustro de vida. Presumo que son pareja, pero están ahora peleados o separados. Lo digo por la distancia prudencial y chocantemente diplomática que los separa. Lo digo porque tampoco se agarran de las manos. Y lo digo porque hay un solo tema en su conversación y tiene nombre: Yandry. “Mira y ¿qué paso con la plata pa’ los remedios de tu hija?”, le reclama ella. “¡Coño Yesibel! Tú bien sabes que la vaina está jodida”, le responde incómodo. Me temo que no estaba equivocado. La chamita ahora suelta la mano de su madre y se coloca entre los dos. Le agarra la mano izquierda a su papá y la otra a su mamá. Ambos parecen sentir el “corrientazo”: él sonríe esperanzado y ella mira hacia otro lado con una cara ‘e culo sobreactuada. La niña sonríe y brinca alegremente anhelando reconciliación. La infancia y el amor, suelen ser cómplices.



Por: Victor Marín -- http://victor-marin.blogspot.com/